por Pipo Fisherman 05-07-25
En el país del todo vale, los modos han pasado a ser parte central del mensaje. El Presidente de la Nación insulta, estigmatiza, desprecia a viva voz: periodistas, economistas, artistas, opositores, organismos internacionales, hasta gobiernos extranjeros. Nadie queda a salvo de su verborragia agresiva. A eso le suma desprecio absoluto por los jubilados, a quienes condena a elegir entre remedios y comida; ajuste a empleados públicos a fuerza de motosierra verbal; más de 13.000 empresas cerradas; índices de pobreza e indigencia que “mejoran” a costa de la caída brutal del consumo; una política exterior simplificada a abrazos con USA e Israel y desplantes al Mercosur, a Europa o a cualquier socio que no aplauda. Todo eso envuelto en el packaging del “héroe libertario” que dice lo que otros callan, aunque grite lo que nadie quiere oír.
Cultiva con esmero su personaje de bulldozer en llamas, que insulta, denigra y descalifica a todo aquel que no le ría las gracias, y lo acompaña con una retórica violenta que convierte al disenso en traición, y al grito en doctrina.
En el otro extremo del espectro actoral, el Intendente local elige otra estrategia: la cortesía permanente. Sonrisas en cada entrevista, tono calmo, gestos medidos, frases de ocasión. Con su guion bien ensayado y una escenografía de asfalto recién tirado, no levanta la voz. No lo necesita. Basta con su sonrisa tranquila, su tono casi sacerdotal, y su capacidad quirúrgica para ocultar con modales lo que otros apenas disimulan con gritos.
La pasada semana, por ejemplo, se mostró satisfecho por anunciar que se pagarán en tiempo y forma sueldos y aguinaldos a los municipales, como si estuviera haciendo una donación personal y no cumpliendo una obligación. También deslizó, con tono de preocupación, que en otros municipios no están corriendo la misma suerte, aunque ninguna de esas afirmaciones resistiera siquiera una consulta telefónica a los distritos mencionados.
Envalentonado por la cercanía de las elecciones y por las posibilidades de reconversión cromática, también anunció la restitución del famoso “Fondo del Deporte” a los clubes locales. Fondo que, vale recordarlo, fue oportunamente apropiado por su Ejecutivo y administrado sin rendición alguna. Igual suerte corrió el “Fondo Solidario de Salud”. Y ahora, como por arte de magia, vuelven a las instituciones (lo más cerca posible de la fecha de elecciones, claro)… aunque no se dice si también vuelven con los intereses generados por esos dinerillos bien acomodados en algún Plazo Fijo de libre disponibilidad. Porque la transparencia, a veces, es un vidrio polarizado.
Al tiempo que se venden como gestos de gestión las obviedades mínimas, por debajo del mostrador se cocina la verdadera alquimia: Mientras los sueldos de hambre ya casi son Ley (para algunos, pero la mayoría), recategorizaciones negociadas entre cuatro paredes con los sindicatos aliados —una para vos, una para mí, dos para el Ejecutivo—, y reducciones "ejemplares" en la planta de personal que solo sirven para vestir de eficiencia el ingreso de la tropa elegida, conviviendo curiosamente con la ampliación del número de funcionarios y el ingreso de aliados incondicionales en puestos clave. La estética del ajuste no interrumpe la lógica del acomodo.
Y no olvidemos esa "desinteresada" donación mensual del 5% de su sueldo a distintas entidades intermedias. Claro que primero, se "otorgó" un aumento del 20%, lo que se dice, muy bueno con los números...y los dineros públicos.
Si algo faltaba para completar el cuadro, es la inminente fusión estética (y electoral) con los libertarios locales. Sí, esos mismos que desprecian el Estado, pero no dudan en habitarlo cuando hay sillones disponibles. Ansiosos por pintarse de violeta, el oficialismo local ya ensaya la alquimia: bajar la voz, mantener los gestos suaves, pero preparar el cuerpo para el salto ideológico. Total, en la Argentina de las formas, todo es posible. Incluso vestirse de liberal con los bolsillos del Estado bien llenos.
¿Alcanza con sonreír para no parecer parte del problema? ¿Se puede disfrazar de gentileza la construcción sistemática de poder personal y silencioso?
Porque mientras el Presidente insulta y agita, el Intendente susurra y acomoda. Uno patea la puerta y el otro te invita un café, pero en ambos casos, la casa es la misma: la tuya, la nuestra.
Porque al final, las diferencias entre el grito y el susurro no son tan profundas como parecen. Uno destrata para disciplinar, el otro adula para anestesiar. Uno insulta, el otro miente con modales. Pero ambos, en el fondo, hacen lo mismo: te sacan el reloj mientras te dan la hora.
Al final, las formas no alcanzan para esconder el fondo. Pero sí para distraer. Y mientras unos se indignan por los exabruptos de un presidente con vocación de showman, otros aplauden la mesura de quien opera con la precisión de un bisturí.
Y así llegamos al punto en el que las formas lo son todo, porque el fondo... ya lo perdimos. Mientras uno grita desde un atril y el otro sonríe en el living de alguna FM amiga, el ajuste avanza, la precariedad crece, y la hipocresía se institucionaliza.
Porque al final, no importa si te gritan o te susurran: el saqueo viene con moño o con motosierra, pero siempre con factura a tu nombre.